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Rafael Matesanz

Rafael Matesanz, el nefrólogo que obró el 'milagro' español de los trasplantes, se retira. Deja el mejor legado posible: cien mil órganos trasplantados y muchas más vidas salvadas

  El próximo 31 de marzo será su último día en la modesta sede que la ONT, la Organización Nacional de Trasplantes, tiene en Madrid. Ya está todo está pensado. "Es viernes y nos iremos todo el equipo a comer. En realidad, llevo un año despidiéndome. Si no me he ido antes ha sido por responsabilidad, porque teníamos un gobierno en funciones". Rafael Matesanz (Madrid 1949) dice adiós, tras 28 años casi ininterrumpidos al frente de un sistema de donación y trasplante que todos los países envidian. Ha sobrevivido a trece ministros de Sanidad, a un 'exilio' en Italia y a varias crisis al frente de la ONT. Con mano firme y, sobre todo, mucha cintura ha sabido manejar una estructura que hoy es el orgullo de nuestro sistema sanitario.

—¿Cómo se crea de cero un organismo como la ONT?

—Cuando empecé, la situación de los trasplantes era caótica. A finales de los años 80 no había nada organizado, era poco más que un sistema de reparto de riñones. Yo era nefrólogo clínico en el hospital Ramón y Cajal y nadie en su sano juicio quería hacerse cargo de un proyecto que no existía. Probablemente por eso se lo dieron a alguien sin adscripción política.

—Tampoco tenían un referente al que copiar.

—No, solo me fijé en los hospitales españoles donde se estaban haciendo mejor las cosas. Lo que hice fue trasladar esa organización al resto de hospitales españoles y funcionó. Entonces en trasplantes trabajaba gente muy joven con mucho entusiasmo y ganas de que salieran las cosas.

—Suena demasiado idílico. Habría alguna zancadilla.

—Sí, con los cirujanos cardiacos. En la misma inauguración de la ONT, recuerdo cómo uno de los cardiólogos más prominentes de la época le dijo al ministro Julián García Vargas que con un nefrólogo al frente esto no iba a funcionar nunca. Decían que el problema de los trasplantes era yo y que me tenía que ir.

—¿Cuál ha sido el secreto del éxito?

—El haber trabajado de forma descentralizada desde el principio. Nunca quise crear un sistema piramidal con mando sobre las autonomías. Todo se hacía desde la discusión y el consenso; yo solo coordinaba. A los tres años ya éramos líderes mundiales y la gente vio que merecía la pena brindarnos apoyo. El que se vieran resultados con rapidez fue crucial.

—¿Y este modelo no hubiera funcionado para gestionar el resto del sistema sanitario?

—Sí, por supuesto. Cuando estuve trabajando en la Toscana, además de coordinar los trasplantes les organicé la atención oncológica. Puse en marcha un sistema de coordinación en red, no había grandes edificios como el CNIO, pero se aprovechó todo lo que había de radioterapia, quimioterapia, prevención, detección precoz... Esto también se podría haber hecho con la Oncología en España o con el tratamiento de las enfermedades raras.

—¿No le han tentado nunca para ser ministro de Sanidad?

—No, nunca.

—¿Y le hubiera gustado?

—No, el ministro de Sanidad debe tener un poder importante en el partido. El verdadero ministro de Sanidad es el de Hacienda. Puedes conocer muy bien el sector y tener las ideas muy claras, pero como no tengas un apoyo económico estás condenado al fracaso. Los ministros que mejor han funcionado son los que tenían apoyos en el partido como Ana Pastor o Trinidad Jiménez. No veo a un independiente con esa capacidad.

—¿Una mejor gestión de la Sanidad no pasaría por recuperar competencias?

—Soy firme partidario de la descentralización, pero el Estado se ha quedado con muy pocas competencias. Faltan mecanismos de control. Es bastante insoportable que no haya una tarjeta sanitaria válida para todo el país, que un ciudadano en un hospital de una comunidad tenga derecho a un tratamiento que no se tiene en otra, que los programas informáticos de las comunidades no sean compatibles... A esto me refiero cuando digo que al Estado le han faltado mecanismos que evitaran estas situaciones.

—Hoy los órganos se intercambian entre comunidades sin ninguna tensión. ¿Hay riesgo de que los nacionalismos pongan fin a la coordinación que ha existido siempre?

—Mientras se mantenga la situación actual no lo creo. Las comunidades han sido exquisitamente correctas.

—¿Y si se llegara a la independencia de Cataluña?

—Habría que ver. En esto no se puede hacer medicina preventiva, pero con la situación política que se generaría, creo que los trasplantes no serían lo más preocupante.

—Un ciudadano de Gibraltar que necesita un órgano para trasplante no viaja al Reino Unido, acude a un hospital público andaluz. Esto muchos ciudadanos no lo entienden.

—Es una situación muy peculiar, pero también se hace con los ciudadanos de Andorra y nadie dice nada. En cualquier caso, fue una decisión del Ministerio de Asuntos Exteriores. Gibraltar a todos los efectos es inglés y lo lógico sería que a sus ciudadanos les trasplantaran en el Reino Unido.

—¿Ha habido algún momento en el que el sistema de trasplantes español haya peligrado?

—Sí, lo estuvo cuando DKMS, una empresa privada alemana empezó a reclutar donantes de médula ósea en España. Fue un ataque frontal al sistema, se quería privatizar y lo pasamos francamente mal. Afortunadamente el Ministerio de Sanidad respondió bien y se prohibió con un decreto ley su actividad en nuestro país. Los apoyos que tenía esta gente eran muy peligrosos, no solo en España, sino en la Unión Europea. Se contrataron servicios jurídicos muy potentes, pusieron muchos millones encima de la mesa, decían que los enfermos españoles estaban muriendo porque el sistema no funcionaba bien en nuestro país, había ataques desaforados en redes sociales... En Bruselas una persona de la Comisión Europea me amenazó personalmente. Fueron momentos muy complicados y se pidió mi cabeza. Era un momento muy duro de crisis económica y tengo correos donde se me dice que España estaba en una situación de bancarrota y que no se podían evitar acciones de este tipo. Afortunadamente, esto ya pasó. DKMS ha renunciado a tener un registro en España y estamos en trámites de recuperar los donantes que captaron cuando llegaron a nuestro país.

—Campañas en redes sociales para captar donantes de médula como la de Pablo Raez ¿funcionan?

—Sí, si están bien hechas y la de Pablo lo estaba porque no pedía médula para él, sino para todo el mundo. Sabía transmitir con fuerza y no lo hacía con mensajes lastimeros.

—¿Peligraría también el sistema de trasplantes si se permitiera hacer trasplantes de órganos en hospitales privados?

—Sería peligroso. Técnicamente pueden hacerlo, pero habría problemas de control. Recuerdo cómo hace unos años un ciudadano libanés intentó comprar un trozo de hígado en nuestro país. Todos los estudios previos se hicieron en un hospital privado, al que le pareció lo más normal del mundo. En el sector público, hay muchos ojos vigilando, pero cuando el dinero importa, empieza a haber problemas.

—En la lista de espera de trasplantes solo importa la gravedad del enfermo. ¿Ha tenido presiones para intentar colar a algún paciente poderosos?

—Al principio, sí. Pero cuando dices que no varias veces.., se acabó.

—Su madre, enferma hepática, también estuvo en esa lista y falleció.

—Ocurrió cuando tenía 67 años. Desarrolló una forma brusca de una enfermedad hepática y en poco tiempo necesitó un trasplante. Viví todo el proceso desde el otro lado. Sé lo que es que te llamen, que al final el órgano no sea para ti... Cuando finalmente se hizo el trasplante, falleció tras tres o cuatro meses de un posoperatorio espantoso. A veces hay personajes famosos que entran en lista de espera y se piensa que se la han saltado por ser quienes son. En España esto es casi imposible porque hay muchos ojos vigilándola.

—¿Cuál podría ser el próximo trasplante, quizá el de útero?

—No soy partidario porque no creo que esté justificado el riesgo. Técnicamente es un trasplante complicado. Se necesita pasar por dos cirugías y tomar fármacos inmunosupresores para obtener un beneficio que se puede obtener por otras vías como es la gestación subrogada. Solo se ha logrado con éxito en Suecia y de diez realizados, solo han conseguido el nacimiento de cuatro niños.

—España debate regular la gestación subrogada, como si fuera el modelo de trasplantes. Es decir, autorizarlo siempre que se pueda demostrar que una mujer gesta el hijo de otros de forma altruista, sin dinero de por medio. ¿Funcionaría?

—Esto daría solución a un número limitado de casos, probablemente se haría entre familiares. En España hay unos mil niños nacidos cada año por gestación subrogada, así que no creo que fuera solución definitiva, aunque podría servir para regularlo de alguna manera. En cualquier caso es un problema muy complicado y no tengo las ideas muy claras aunque si vas a un país del tercer mundo y alquilas el vientre de una mujer tengo claro que eso es la explotación de una persona que no se puede negar.

—Ha hablado de los tropiezos y las crisis, pero no de su mayor satisfacción al frente de un organismo que reparte vida.

—Son muchísimos. Si tuviera que elegir, sin duda, el Premio Príncipe de Asturias en 2010 y el 25 aniversario de la ONT. Y como caso especial el de Ibai, un niño de cuatro años del País Vasco que recibió un trasplante de hígado, estómago, duodeno, intestino delgado y páncreas. Lo suyo fue una lotería. Buscarle un donante apropiado para todos los órganos abdominales era como buscar una aguja en un pajar. Tenía una probabilidad entre un millón el conseguir un donante adecuado, del mismo tamaño y grupo sanguíneo. Y se logró en dos días. Era imposible y se consiguió, después la calidad del tratamiento y los cuidados de La Paz hicieron el resto.

Fuente ABC.es

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